Mi mudanza y la carretilla con caballo: el inicio de una nueva vida en Chile

Hubo un tiempo en que mi vida en Chile era sencilla, pero con un toque de magia. Me mudaba. Daba el gran paso hacia la independencia, no solo la independencia física, sino la mental, la que te da el poder de tomar tus propias decisiones y empezar a escribir tu historia en un lugar diferente.

Hasta ese momento, la casa donde había vivido era la que me acogió cuando llegué a Chile. Estaba en Concepción, estudiando en la Universidad del Bío Bío, y en las tardes y noches trabajaba haciendo encuestas para una empresa de Marketing. ¡Sí, era tan pobre como una rata! Mis bienes se limitaban a lo mínimo: una cama de una plaza y media, un velador, una lámpara de noche, una mesa plegable, un par de sillas plegables, y unas de mimbre que me daban cierto aire de sofisticación (aunque en mi mente lo fueran más que en la realidad). Creo que incluso me regalaron un sillón de mimbre, pero ahora no sé si fue un sueño o si realmente existió. Debería revisar las fotos para ver si lo encuentro. No olvidemos mi secador de pelo, mi equipo de música y un mueble con estantes. Pero lo importante aquí es que no tenía cocina, ni estufa, ni calefón. Mi ropa cabía perfectamente en una maleta. ¡Una maleta! Y para completar la colección, solo tenía un par de platos, vasos, tazas, cubiertos y una olla. No necesitaba un camión de mudanzas, no. Con una camionetita iba más que suficiente.

Me lancé a encontrar un flete. Primero, fui a una empresa que estaba cerca, pero el precio... bueno, mejor no hablar de eso. Luego intenté con otra, con una camioneta más pequeña, pero la verdad, el presupuesto no daba ni para pensarlo. ¿Y qué hice? Pues seguí caminando por el centro de la ciudad, pensando en qué haría, hasta que de repente, apareció una carretilla tirada por un caballo. ¿Raro? Para nada. Le pregunté al hombre que la manejaba si me podía ayudar con mi mudanza, y como si fuera lo más normal del mundo, aceptó. ¡Y ahí estaba yo, dos días después, atravesando la ciudad sentada en la parte delantera de esa carretilla, feliz, con la vista del paisaje y mi vida comenzando de nuevo!

Mis amigos, hoy, más de 30 años después, se ríen mucho cuando les cuento esta historia. Claro, no es el transporte típico de alguien que se muda de casa. Pero al pensar en esos días, me doy cuenta de que esa versión de mí, tan sencilla, tan humilde, tan feliz con tan poco, era auténtica. Quizás es un poco gracioso, pero a mí me llena de felicidad recordar esa simplicidad que, en su momento, fue tan rica y tan suficiente.

Lo más curioso de todo esto es que, en algún rincón de mi mente, siento que viví una vida paralela, una versión más simple de mí misma. Y en lugar de reírme, me siento agradecida porque esos pequeños gestos y sacrificios fueron los que me dieron fuerza para seguir adelante.

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