Del calor de Cuba al frío de Chile: Cómo sobreviví al clima, la moda y el cambio
Emigré de Cuba, con mi alma llena de sueños y un sinfín de expectativas. Dejé atrás a mis amigos, a mi gente, a mi gente de siempre. Solo mi papá y unas primas se habían ido antes a Estados Unidos, así que llegué sola a Chile. A lo lejos, la universidad me esperaba, también un amor y una familia que no era la mía, pero que me adoptó.
Llegué a Chile y la vida tenía sus propias sorpresas. La más difícil, el clima. En Cuba no nos preocupábamos mucho por las estaciones; el sol estaba siempre asomando, pero aquí el frío era otra historia. De repente, me vi en medio de lluvias interminables, con un viento que parecía atravesarme hasta los huesos. La ropa liviana que me había acompañado todo el tiempo en Cuba ya no servía de nada. No podía seguir usando mis sandalias ni mis faldas veraniegas. ¡Ni siquiera mi pelo podía seguir su curso natural! No entendía cómo podía estar tan perdida en este país que parecía no entender mis necesidades de calor (y estilo).
Mi autoestima se desplomó más rápido que el clima de Concepción. Me sentía torpe, con esos abrigos gigantes que me quedaban como si fuera un astronauta. Las miradas curiosas de la gente no parecían ayudar. Mi sensualidad, esa que pensaba que traía conmigo en cada paso, se esfumó al momento de enfrentar el frío. Lo peor es que cuando llegué no tenía trabajo, ni dinero. Todo lo que me regalaban me quedaba grande. Parecía una niña perdida en un armario ajeno.
Mi suegra de ese entonces, una mujer con más experiencia en la vida (pero no sé si en la moda), me llevaba a las tiendas de ropa usada. Pero claro, ¡nada de eso ayudaba a la estética! Una vez al año me compraba un par de bototos (sí, bototos, esos zapatos enormes que me cubrían todo el pie), sentía que me estaba preparando para una guerra mundial. Mi suegra me decía que los pies calientes y secos eran lo más importante, y yo, entre risas y algo de vergüenza, pensaba que, si al menos mis pies estaban calientes, podría soportar el frío… y, tal vez, la vergüenza de mi nuevo look. En cualquier caso eran un regalo que me hacía y lo agradecí de corazón.
Con el paso de los años, mis looks de superviviente se volvieron más fáciles de llevar. El dinero empezó a llegar, y también los consejos de moda de quienes sabían un poco más que yo. Aprendí que, aunque el frío no tiene piedad, hay muchas maneras de mantener los pies calientes sin parecer que me voy a la guerra. Cambié de suegra (y de vida), y alejé los temidos bototos, aunque la vida, en su extraño juego, me devolvió el ciclo. Hoy, esos mismos bototos, que una vez me hicieron sentir tan descoordinada, están en el armario de mi hija, porque ahora, ¡están de moda!
Hoy, cuando miro esas fotos de mi primer invierno, sonrío. Ese viaje no solo me enseñó sobre climas fríos, sino también sobre cómo la moda puede ser una forma de adaptación, una manera de encontrar tu lugar en el mundo (aunque a veces sea un lugar con frío, lluvia y muchos, pero muchos, abrigos).
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